Grosso modo, la historia de la humanidad tiene que ver con la cooperación. Por separado, nosotros los primates lampiños de cerebro grande somos criaturas bastante ridículas, presa fácil para cualquier Simba con cuerpo de papá que deambule por las llanuras. Pero si nos juntamos, conseguimos dominar la tierra y el cielo.

A regañadientes, con violencia, a menudo después de agotar todas las demás posibilidades, seguimos abriéndonos paso a codazos para conseguir casi todo. Desde la familia hasta la aldea, pasando por la ciudad, el Estado nación y la megacorporación mundial; la cooperación y la coordinación entre grupos de tamaño y complejidad crecientes es, para bien o para mal, la manera en la que hemos llegado hasta aquí.

Pero ¿qué pasa si llegamos al límite de nuestra capacidad para llevarnos bien? No me refiero a que seamos como Plaza Sésamo. No hablo del tenor de nuestra política. Mi preocupación es más fundamental: ¿somos capaces como especie de coordinar nuestras acciones a una escala necesaria para abordar los problemas más graves a los que nos enfrentamos?

Porque, bueno, solo veámonos. Con la pandemia de la COVID-19 y el cambio climático, la humanidad se enfrenta a amenazas globales y colectivas. Pero en ambos casos, nuestra respuesta se ha empantanado no tanto por la falta de ideas o de inventiva, sino por la incapacidad de alinear nuestras acciones en colectivo, ya sea en el seno de las naciones o como comunidad mundial. No nos costó mucho trabajo producir vacunas eficaces contra esta plaga en un tiempo récord, pero ¿qué importancia tiene eso si no podemos hacerlas llegar a la mayoría de la población mundial y si incluso los que tienen acceso a las vacunas no se molestan en ir a inocularse?

Por supuesto, los fracasos de la cooperación mundial no son nada nuevo; ya pasamos por dos guerras mundiales. Pero ahora nos enfrentamos a algo quizá más preocupante que la enemistad nacionalista y la ambición territorial. ¿Y si la capacidad de cooperación de la humanidad ha sido anulada por la misma tecnología que pensábamos que nos uniría a todos?

Internet no provocó el incendio, pero es innegable que ha fomentado una política global amargada y fragmentada: una atmósfera de desconfianza generalizada, instituciones corroídas y un repliegue colectivo en el reconfortante seno del sesgo de confirmación. Todo ello ha socavado nuestro mayor truco: hacer cosas buenas juntos.

Es cierto que a cada uno de nosotros le afecta de manera distinta el cambio climático y la COVID-19 pero, en ambos casos, nuestros destinos están vinculados; lo que le pasa a cada uno de nosotros está ligado a las acciones de los demás. A menudo los nexos son borrosos. La deforestación de la selva amazónica bien podría afectar el nivel del mar en Florida, pero quizá sea difícil establecer una causa común entre los agricultores pobres de Brasil y los jubilados de Boca Ratón.

Sin embargo, a veces nuestros destinos están entrelazados de un modo tan obvio que dan ganas de gritar. Las vacunas funcionan mejor cuando la mayoría de nosotros las recibe. O todos remendamos este barco que se hunde o nos hundimos juntos. Pero ¿qué pasa si muchos pasajeros insisten en que el barco no se hunde y las reparaciones son una estafa? ¿O si los pasajeros más ricos acaparan las raciones? ¿Y si el capitán no confía en el navegante y este no deja de cambiar de opinión y los pasajeros no dejan de agredir a la tripulación?

Debo decir que es muy probable que mi opinión sea demasiado pesimista. Ha habido muchos estudios sobre cómo los seres humanos coordinan sus acciones en respuesta a las amenazas naturales y muchos de ellos han coincidido con mi pesimismo y se han equivocado. En 1968, el ecologista Garrett Hardin publicó un famoso ensayo en el que sostenía que, como las personas tienden a maximizar la utilidad individual a expensas del bien colectivo, nuestra especie estaba condenada a explotar de manera indiscriminada los recursos del mundo. Llamó a esto la “tragedia de los comunes” y en los años siguientes formó parte de un grupo de intelectuales que abogaba por medidas estrictas para evitar la “bomba demográfica” que se avecinaba, entre ellas, restringir la “libertad de reproducción”.

No obstante, se demostró que Hardin estaba equivocado tanto en la teoría como en la predicción (también se equivocó en muchas otras cosas: se opuso a la inmigración y a la ayuda a la hambruna mundial y mantuvo su interés en la eugenesia. El Southern Poverty Law Center afirma que el nacionalismo blanco “unificó su pensamiento”). La bomba demográfica nunca estalló. La tasa de natalidad mundial disminuyó a medida que los más pobres salían de la pobreza. Y, como demostró Elinor Ostrom, una politóloga economista pionera, a lo largo de toda una vida de investigación, hay innumerables ejemplos de personas que se unen para crear normas e instituciones para gestionar los recursos comunes. Las personas no son autómatas que maximizan sus ganancias; una y otra vez, descubrió, podemos hacer sacrificios individuales en aras del bien colectivo.

Ostrom recibió el Premio Nobel de Economía en 2009. En su discurso de entrega del premio escribió que “los seres humanos tenemos una estructura motivacional más compleja y mayor capacidad para resolver dilemas sociales” de las que nos han atribuido los economistas de la elección racional. La clave para liberar estas capacidades, dijo, es crear las instituciones adecuadas. Los mercados capitalistas y los Estados nación nos han llevado hasta cierto punto. Ahora, sugirió, necesitamos imaginar nuevos tipos de grupos que puedan mejorar la manera en que los seres humanos innovamos, aprendemos y nos adaptamos juntos para hacer frente a los inminentes desafíos medioambientales.

Ostrom murió en 2012, por lo que no fue testigo de lo que vino después: el aumento en buena parte del mundo de realidades alternativas conspirativas y la intensa polarización que han obstaculizado el progreso en tantos problemas globales. Como especie, seguimos buscando las instituciones que Ostrom predijo que necesitaríamos para concentrar el poder colectivo de la humanidad. Espero que tenga razón y que estemos a la altura, pero no puedo decir que sea optimista.

Farhad Manjoo es columnista de Opinión de The New York Times desde 2018. Antes de eso escribía la columna sobre tecnología State of the Art y escribió True Enough: Learning to Live in a Post-Fact Society. @fmanjooFacebooka





Source link

Abhi
info@thesostenible.com

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *